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sábado, 7 de enero de 2012

El reino de las letras chinas encajadas



La batalla había sido dura, incluso podría decirse que durísima, es lo que tiene la lucha en dos frentes, no es fácil dosificar las fuerzas ni, tampoco, medir las prioridades. “Cien días y cien noches sin cuartel ni eperanza…”
El resultado más que incierto era desconcertante, pues había habido abandono del campo antes de que, en puridad, pudiese decirse que el combate se había decidido. Sin embargo el abandono antes del desenlace es un desenlace, y una retirada estratégica, por muy estratégica que sea, es retirada, en este caso ni tan siquiera habría sido necesario fue, simplemente, un mal cálculo (algo respecto a eso decía Sun Tzu).

Como en las partidas de póquer, tirar las cartas antes de finalizar la mano implica derrota, aunque las cartas, a priori, fuesen ganadoras, de ahí venía gran parte del desconcierto, de tirar unas cartas que parecían ganadoras antes de ver las contrarias. En definitiva el cálculo errado había acabado en desastre (la Garde recule) y el reino se había perdido, mejor dicho: había sido abandonado. “La Vieja Guardia, o lo que quedaba de ella, lanzaba desorbirtadas miradas de soslayo, apreteados los dientes y sofocado el aliento”.

No sabemos si había reproches o no, eso queda para los anales internos, a esos no tenemos acceso, quien propuso la retirada erró, eso esta claro, solo la plebs puede retirarse al Aventino, los patricios no, los patricios hubieran hecho el ridículo y hubiesen quedado en la situación de nuestros ángeles caídos, porque, amigos lectores, de eso trata nuestra pequeña historia: de ángeles caídos.

Habían ido a parar al caos, que es adonde van los ángeles caídos, lo primero que vieron del caos fue un lago ardiente, lo vieron y lo sufrieron en sus carnes pues a él se precipitaron y él recibió su caída, no era el ardor del fuego, aunque lo parecía, sino que lo ardiente, lo que quemaba, era la conciencia de lo perdido, así el caos y sus fuegos eran más internos que externos: estaban dentro de nuestros ángeles.

El primero en alzarse del lago miró en derredor suyo, el paisaje era desolador: aquel lago maldito, peñascos cenicientos, llanuras desérticas y desoladas, oscuridad en lugar de luz…

El ánimo, algo decaído –mucho en realidad-, inclinaba también a la oscuridad del espíritu, y ésta se impusó, no obstante otra fuerza entró en liza: el desquite o la venganza, también la desesperada esperanza de recuperar la antigua posición, de volver al campo abandonado y salir triunfante de él.

Eso dio fuerzas, y el primer ángel en alzarse, el más fuerte, arengó a sus huestes:

“-¡Oh, millares de espíritus inmortales!! ¡Oh, potestades a quienes sólo puede igualarse el Todopoderoso! Aquel combate no careció de gloria, por más que su resultado fuera desastroso, como lo atestiguan esta mansión* y este terrible cambio que me es odioso expresar. […] De hoy más, ya conocemos su poder como conocemos el nuestro, de modo que no provoquemos ni rehuyamos con temor cualquier guerra a que se nos provoque. El mejor partido que nos queda es el de emplear nuestras fuerzas en un secreto designio: el de obtener por medio de la astucia y del artificio lo que la fuerza no ha alcanzado, a fin de que en adelante sepa por lo menos que un enemigo vencido por la fuerza sólo es vencido a medias.”

Así habló el primer ángel, y no tan solo animó a sus congéneres hizo algo más: les dio un plan y un objetivo. En otras palabras: un motivo para seguir. Y así siguieron, hacian razzias sobre el reino perdido, incluso sobre otros, si algún extranjero de esos otros osaba entrometerse en aquel antiguo reino.

Mudaron de nombres para camuflar sus razzias y salvar su honra y prez (ya se sabe que no es lo mismo batalla campal que miseras asechanzas), pero con la mudanza, tanto de nombre como de lugar*, poco a poco su propia condición comenzó a mudar, lo estrictamente angélico empezó a convertirse en demoníaco. No grandes demonios, no, eran ángeles caídos, pero no eran los primeros en caer, sino primerizos, y como la nueva naturaleza era excesivamente nueva sus potestades no eran tan poderosas (tampoco lo habían sido en su antigua naturaleza, digamos que simplemente tenían una visión algo distorsionada de sí mismos, una visión inclinada hacia lo grandilocuente), quedaban en meros diablillos, vaya, en otras palabras, en pobres diablos.

Tendían celadas a los dioses y gigantes (más bien consideraban enanos a estos últimos), celadas pequeñas, pues no aspiraban tanto a victorias como a molestar –como avispas o moscas- y entrometerese en las andanzas de sus víctimas. Su naturaleza no devino en terrorifica sino en esperpéntica, sus caras cambiaron a máscaras, pero no a máscaras horribles sino risibles, les faltaba mucho, muchísimo, para acercarse a la terrible y monstruosa belleza del Señor de las Tinieblas, que movía tanto a seducción como a espanto.

Así atacaban, más bien pinchaban, y huían, camuflados, en uno, dos, tres, trescientos disfraces, a cada cual más absurdo, a cada cual más penoso, a cada cual más hilarante…El reino que acechaban era el de las Bellas Letras, y la Letra acabó por matarse…con tal de no ser suya, pues los aspirantes a dueños no servían ya para crear, sólo para destruir, tirando a largo, en los buenos y viejos tiempos hubieran servido…para corregir.

El primer diablillo, el que había sido el primer querubín en levantarse del lago, el arengador, dijó: “se mató por no ser mía”. “Se vino abajo del todo. Como el Titanic. A pique, sin medias tintas (…) miraba con ojos extraviados a su alrededor (…) buscando desesperadamente una pistola para pegarse un tiro”.

Un triste y patético final, ciertamente.

“A fin de cuentas la gente escribe por diversión, para vivir más, para quererse a sí misma o para que la quieran otros”. Lo que es absurdo es… escribir por orgullo y engreimiento, mirando por encima del hombro a quienes supuestamente no alcanzan la “excelencia” de las Letras…

“¿Puedo sugerir una Gramática de la Anomalía?” 



Jorge Romero Gil 


Bibliografía

Eco, Umberto, El Péndulo de Foucault, Ediciones Círculo de Lectores.

Milton, J., El Paraíso Perdido, colección "Letras Universales", Editorial Cátedra

Pérez Reverte, A., El Club Dumas, Editorial Alfaguara 


 

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Sobre el "Libro de Satán (Fuego)" de la Biblia Satánica



 
Hemos dejado a Lavey entre sus prefacios, introducciones y diatribas, démosle una oportunidad más, veamos que dice en el "Primer Libro" de su "Biblia Satánica". No es muy original el comienzo: lo dedica a Satán.

(FUEGO) EL LIBRO DE SATÁN -I-

1. En este árido desierto de acero y piedra, elevo mi voz para que puedas oírla, Al Este  y al Oeste hago una seña. Al Norte y al Sur muestro un signo que proclama: ¡Muerte a los débiles, salud para los fuertes!

2. ¡Abrid los ojos para que podáis ver, oh, hombres de mente enmohecida, y escuchadme bien, vosotros, la multitud de seres desorientados!

3. ¡Pues yo me alzo para desafiar a la sabiduría del mundo, para pedir explicaciones a las   «leyes» del hombre y de «Dios»!

4. Yo exijo razones de vuestras reglas doradas y pregunto el porqué de vuestros mandamientos  
5. No me inclino en señal de sumisión ante ninguno de vuestros ídolos pintados, y el que me diga «tú lo harás» es mi enemigo mortal.  

6. Hundo mi dedo en la sangre aguada de vuestro impotente y loco redentor, y escribo en su frente desgarrada por las espinas: «el verdadero príncipe del mal; ¡el rey de los esclavos». 

7. Ninguna vetusta falsedad será para mí una verdad; ningún dogma sofocante entorpecerá mi pluma.  

8. Me aparto de todos los convencionalismos que no me lleven al éxito y a la felicidad en la Tierra. 

9. Elevo con severa energía el estandarte de los fuertes.  

10. Clavo mi mirada en los ojos vidriosos de vuestro espantoso Jehová, y le tiro de la barba. Alzo un hacha y abro en dos su cráneo devorado por los gusanos,  

11. Hago estallar el horrible contenido de los sepulcros filosóficos marchitos, y río con ira sardónica

Bien, aquí tenemos el comienzo del comienzo. Por comenzar comienza mal: le tira de la barba a un acrónimo y se ríe cual actor de película de terror de "serie B".

Así nuestro actor lanza el guante a la cara de Dios, y, curiosísimamente, al Dios de los cristianos. ¿Por qué? Pues porque, a fin de cuentas, sin ese Dios concreto el de Lavey...no existe -no puede recurrir al judaísmo, por ejemplo, porque allí Satanás no es un ángel caído es sólo un "fiscal" al servicio de D_os (véase especialmente para esto el libro de Iyov/Job)-.
Por tanto el Dios de Lavey necesita tanto a su contrincante como éste...a su derrotado enemigo.

Nuevamente Milton

¿A qué nos recuerdan también esos puntos? Por lo pronto a mi me recuerdan a algún fragmento de Milton, una vez más el "original" Lavey se mueve en la "originalidad". Veamos el desafío demoníaco que imagina John Milton en "El Paraíso Perdido":

"Con esta voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal y un valor que no ha de someterse ni ceder jamás ¿cómo he de tenerme por subyugado? Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia doblada la rodilla y acatar un poder cuyo ascendiente ha puesto en duda, poco ha, mi terrible brazo. Y pues según ley del destino no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este gran acontecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado mucho, podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía."

"Humillado Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer el bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la Suprema Voluntad a que resistimos. Si de nuestro mal procura su providencia sacar el bien debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez lo enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen. Pero mira irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encrespada ola que desde el principio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con su impetuosa furia, ha agotado quizá sus rayos, y no brama ya a través del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo"

"Así hablaba Satán; y Belcebú le respondió así: «¡Caudillo de los ínclitos ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos! Si otra vez oyen esa voz, seguro vaticinio de su esperanza en medio de sus temores y peligros, esa voz que ha resonado con tanta frecuencia en los trances más apurados, ya en el crítico momento del combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los conflictos la señal indudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y vida".

Bien, creo que con esto basta y sobra tampoco es cuestión de reproducir por entero la obra de Milton, pero vemos como el poeta inglés -eso sí, "desde el otro lado teórico" respecto a Lavey-, pone en boca de Satán justo...el desafío que plantea Lavey. Nuestro hombre mucho tampoco se esforzó. 

Un entorno sociológico favorable

Pero sigamos con el muy convencional -aunque pretenda ser todo lo contrario- Lavey. Ya he aludido al entorno sociológico de Lavey, ese entorno precisa -o, cuando menos, considera altamente aconsejable- la existencia de una religiosidad ¿cual? La que sea, pero religiosidad, los Estados Unidos se consideran "el país de Dios", ahora...nunca han especificado demasiado de que Dios se trata. Y eso se debe a un aspecto fundacional: los colonos ingleses que fundaron las colonias iniciales en la costa Este tenían una cosa muy clara: regirse por la libertad de culto.

Ciertamente en aquella época esa libertad se pensaba y se restringía a la libertad de culto...cristiano, es decir, a la convivencia y respeto mutuo de los diferentes tipos de protestantismo que representaba el conglomerado de colonos.

Pero fuera de esa notación histórica lo que aquí nos interesa es otra cosa, los siguientes principios establecidos y que arraigarán en la esencia de la sociedad norteamericana, que evolucionarán con ella pero que...siempre estarán presentes: libertad de culto y adoración a Dios ¿cual Dios? Pues...cualquiera. Se considera a la religión benéfica por sí misma.

¿Por qué es aceptado Lavey? Pues porque a pesar de sus aparentes extravagancias y desafíos...no cuestiona nada básico, por el contrario, cumple punto por punto todas las convenciones que exige la sociedad estadounidense. Por ser convencional...hasta escribe una Biblia, crea una Iglesia, se viste de clérigo y... se nombra Sumo Sacerdote de su "nueva" religión. Así que tal credo se apunta en el catálogo y... ya está. No cuestiona nada, absolutamente nada, del sistema social que le rodea, en el que se inscribe y al que se ajusta perfectamente -incluido el muy estadounidense y puritano culto a los negocios, véase al respecto la obra de Max Weber "La ética protestante y el espíritu del capitalismo"-.

Lavey y Nietzsche

Hemos dejado a Lavey de portavoz de Satán en la parte primera del "Libro de Satán (Fuego)" de su Biblia -la que según otra leyenda escribió en el Hotel California de Todos los Santos, realmente por leyendas en ese establecimiento que no queden-. Bien, volvamos a otro viejo conocido -como Milton, muchísimo más serio que Lavey, también...muchísimo menos convencional-, se trata de Friedich Nietzsche, ya que aún seguimos al comienzo con Lavey y sus desafios, veamos el comienzo de uno de los desafios de Nietzsche: su prólogo de "El Anticristo", prólogo que titula "Inversión de todos los valores":

Este libro está hecho para muy pocos lectores. Puede que no viva aún ninguno de ellos. Esos podrán ser los que comprendan mi Zaratustra; ¿acaso tengo yo derecho a confundirme con aquellos a quienes hoy se presta atención? Lo que a mí me pertenece es el pasado mañana. Algunos hombres nacen póstumos.

Las condiciones requeridas para comprender y para comprenderme luego con necesidad, las conozco demasiado bien. Hay que ser probo hasta la dureza en las cosas del espíritu para poder soportar sólo mi seriedad y mi pasión. Hay que estar acostumbrado a vivir en las montañas, y ver a nuestros pies la miserable locuacidad política y el egoísmo de los pueblos que la época desarrolla. Hay que hacerse indiferente; no debe preguntarse si la verdad favorece o perjudica al hombre... Hay que tener una fuerza de predilección para las cuestiones que ahora espantan a todos; poseer el valor de las cosas prohibidas, es preciso estar predestinado al laberinto. De esas soledades hay que hacer una experiencia. Tener nuevos oídos para una nueva música: nuevos ojos para las cosas más lejanas; nueva conciencia para verdades hasta ahora mudas, y la voluntad de la economía en grande estilo; conservar las propias fuerzas y el propio entusiasmo... hay que respetarse a si mismo, amarse a sí mismo; absoluta libertad para consigo mismo...

Ahora bien; sólo los forjados así son mis lectores, mis lectores predestinados; ¿qué me importan los demás? Los demás son simplemente la humanidad. Se debe ser superior a la humanidad por la fuerza, por el temple, por el desprecio...

Friedich Nietzsche

Bien, eso diríamos que también ayuda a entender la "originalidad" de Lavey, quede claro que Nietzsche no es satanista, de hecho en la obra citada no le presta la menor atención -o escasísima, pero de memoria diría que ninguna- a la figura de Satán. A Nietzsche le importa un bledo Satán, Nietzsche se declara pura y simplemente anticristiano, pero, a diferencia de Lavey, no lo hace para oponerse -y, por tanto, reconocer- al Dios de los cristianos, lo hace porque niega los valores del cristianismo y los considera corruptores del espíritu humano. Ese es Nietzsche.

Lavey es otra cosa...un pianista de cabaret, eso sí: con visión de negocio.

Ya seguiremos.


Jorge Romero Gil


Bibliografía

Lavey, Anton Szandor: La Biblia satánica, Editorial Martínez Roca, 2008.

Milton, J.: El Paraíso Perdido, colección "Letras Universales", Editorial Cátedra.

Nietzsche, Friedich: El Anticristo, Edimat Libros, Madrid

Urbano Calle, Emilio: Adoradores del diablo: De la Biblia a las sectas satánicas, Editorial Oberon, 2003.




jueves, 15 de diciembre de 2011

Lavey, Milton y Lucifer



Una cosa es la figura cristiana del “ángel caído” y otra la de Satanás, la figura de la potestad espiritual archienemiga de la divinidad es figura cristiana no judía, y forma parte no del intento de fagotización o sincresis del judaísmo por parte del cristianismo sino de otro tipo de apropiación: del mazdeismo o zoroastrismo, así si Ahura Mazda tiene su Ahriman el Dios trino de los cristianos tiene enfrente su Lucifer, Satanás o, simplemente, “el Diablo” -no “un” diablo-, aunque esa dualidad también puede haber sido un vestigio en el cristianismo de sus luchas con otro enconado enemigo: el gnosticismo, que también presenta una dualidad entre el demiurgo -un “engañador”, característica propia del “Diablo”- y la divinidad “real” -el “auténtico” Dios, no su sombra o imitador-.

El diferente papel de Satanás

Dentro del judaísmo no encontramos tales entidades diabólicas, no lo es la serpiente que aparece en el Bereshit, no lo es Baal -que, en puridad, en los textos del Tanaj es el mayor oponente del D_os de Israel-, y no lo es Satanás, que no es otra cosa que una especie de fiscal al servicio de la divinidad, papel que queda singularmente claro en el libro de Iyov/Job -especialmente capítulos 1 y 2-.

Curiosamente todo grimorio medieval -incluidos aquellos que tienen la pretensión de remitirse a época salomónica- recurre a la “división funcional del trabajo” establecida por el cristianismo, así toda evocación de potestades infernales se realiza previa invocación a la deidad y a sus superiores poderes y autoridad, bajo la cual el mago convoca al ente infernal para mandarle tal o cual cosa u obtener tal o cual otra, quedando sujeto el demonio o diablo convocado al mago a través de la autoridad superior de la divinidad, de suerte que, en puridad, el mago es una especie “especial” de exorcista -como mínimo actúa cubierto por los mismos poderes protectores que un exorcista, que, a la vez, son los que le otorgan potestad sobre el evocado-. 

El Satán de LaVey

Respecto a esta situación abomina -nunca mejor dicho- Howard Stanton Levey, por nombre artístico Anton Szandor LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, así al inicio de su “Biblia Satánica” dice refiriéndose a todo mago u ocultista anterior que “juega” con esos poderes diabólicos:

Este libro fue escrito porque, con muy pocas excepciones, todo tratado o libro, todo "grimoire" secreto, todas las "grandes obras" del pasado sobre el tema de la magia, no son otra cosa que fraudes santurrones - desvaríos culpabilizados y farfulleos esotéricos de los cronistas de la tradición mágica, incapaces, o bien no dispuestos a presentar una visión objetiva sobre el tema. Escritor tras escritor, en sus esfuerzos de declarar los principios de la "magia blanca" y "magia negra", lo único que han conseguido es confundir y nublar el tema hasta tal punto que el aspirante a estudiante de hechicería termina ante un tablero de Ouija, parado dentro de un pentagrama esperando a que se le aparezca un demonio, lanzando débilmente al aire fichas del I Ching como si fuesen rosquillas rancias, barajando naipes para predecir un futuro que ha perdido todo significado, dando conferencias con el fin garantizado de inflar su ego - a la vez que hace lo mismo con su cartera - y en general ¡quedando como un tonto ante los ojos de quienes en verdad saben!

El “magus” verdadero sabe que en las estanterías de libros ocultistas abundan las frágiles reliquias de mentes asustadas y cuerpos estériles, diarios metafísicos de auto-engaño y reglamentos constipados de misticismo oriental. Durante mucho tiempo el tema de la magia y filosofía Satánica ha sido escrito por furibundos periodistas del Camino de la Mano Derecha.

La antigua literatura es el efecto secundario de cerebros que supuran miedo y rencor, escrita, de modo ignorante, para ayudar a quienes realmente dominan la tierra, y quienes, desde sus tronos Infernales, ríen con nociva alegría.


Aquí Levey lo que hace es “denunciar” la supuesta pusilanimidad de esa jerarquía de valores que sigue colocando al trono celeste por encima del trono infernal y reivindica el triunfo y la propia autoridad -no sometida a la celestial- del Señor del Averno. Digamos que Howard Stanton proclama la victoria -o, al menos, la superioridad- de Ahriman sobre Ahura Mazda.

Respecto a Lucifer encontramos lo siguiente en la “Biblia Satánica” de Levey, le dedica el libro segundo de la misma y es característica o espíritu que asocia con el aire y con una cualidad: la iluminación, por eso esa faceta es la del “portador de la luz”, explícitamente al inicio de ese libro el autor hace referencia al dios romano del conocimiento:

El dios romano, Lucifer, era el portador de Luz, el espíritu del aire, la personificación de la Iluminación y el Conocimiento” (Biblia Satánica, Libro II, Aire. Libro de Lucifer, Introducción “La Iluminación”)

Es, pues, según tal versión, la figura de Lucifer la que facilita la iluminación y el conocimiento, en definitiva: es el portador de la sabiduría. Don que otorga a la humanidad como Prometeo otorgó el fuego: arrancándola a la deidad.

Deviene así Lucifer de prototipo del mal en adalid del bien y benefactor de la humanidad, transmutando lo que se conoce como bien en mal y, a la inversa, resultando ser el mal bien, dado que una cualidad de la divinidad es arrancada a la misma -o desvelada- y entregada al género humano para que éste la disfrute. Inversión por lo demás típica de ciertas concepciones satanistas -que no satánicas- o, más bien, “luciferinas”. 

Los equivocos de Lavey

Cuando Lavey habla de "magus" se equivoca por completo en su concepción y, en consecuencia, definición de tal concepto. Resulta sorprendente teniendo en cuenta los múltiples modelos anteriores a Lavey -aunque relativamente recientes- que cabría definir en tal figura.
Así se podría citar a ocultistas como Aleister Crowley, Samuel S. MacGregor Mathers, Austin Osman Spare, Israel Regardie entre otros.

Curiosamente Lavey identifica "magus" con satanista sin existir razón alguna para tal sinonímia. Probablemente tal error parte de la base de entender que todo grimorio, en particular, y la goecia, en general, pretende ser satanista, cuando nada más lejos de la realidad.

El "magus" lo que pretendía en la Edad Media, y lo que pretendían los ocultistas citados, era acumular ciertos conocimientos y utilizar ciertos hipotéticos poderes -no porque él los tuviese, sino por medio de formulas rituales-, tan pronto se manejaban con una supuesta potestad como con otra.

El "magus" no es un siervo de nadie, ni un personaje asustadizo como deja entrever Lavey en su despectiva mención. Lo único que muestra el autor de la Biblia satánica, es una completa ignorancia de la goecia y la teurgia medievales y posteriores, así como de las figuras clave del ocultismo contemporáneo. El único que pretende servir a alguien es Lavey.

Tomemos a Crowley como ejemplo ¿alguien en su sano juicio puede pensar que tal figura pretendía servir a un "señor"? ¡pero si los crea él mismo en el Liber Al Vel Legis! ¿Cómo un creador de dioses va a pretender servir a alguno?

Una vez más, Lavey, muestra y demuestra que... lo suyo es el teatro.

Un Milton luciferino

Por último no sería adecuado dejar de mencionar la otra gran glosa de la “rebelión” contra la tiranía de la divinidad, el gran grito de libertad magníficamente evocado por...un autor cristiano, me refiero a John Milton y a “El Paraíso Perdido”:

Por su orgullo había sido arrojada del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes y con el auxilio de éstos, no bastándole eclipsar la gloria de sus próceres, confiaba en igualarse al Altísimo si el Altísimo se le oponía.

Para llevar a cabo su ambicioso intento contra el trono y la monarquía de Dios, movió en el cielo una guerra impía, una lucha temeraria que le fue inútil. El Todopoderoso lo arrojó de la etérea bóveda envuelto en abrasadoras llamas; y con horrendo estrépito y ardiendo cayó en el abismo de perdición, para vivir entre diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con sus armas al Omnipotente.

Nueve veces habían recorrido el día y la noche, el espacio que miden entre los hombres desde que fue vencido por su espantosa muchedumbre, revolcándose en medio del ardiente abismo aunque conservando su inmortalidad.

Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez que habían de atormentarle el recuerdo de la felicidad perdida y el interminable dolor presente. Dirige en torno funestas miradas que revelan inmensa pena y profunda consternación, no menos que su tenaz orgullo y el odio más implacable; y abarcando cuanto a los ojos de los ángeles es posible contempla aquel lugar, desierto y sombrío, aquel antro horrible cerrado por todas partes y encendido como un gran horno. Pero sus llamas no prestan luz y las tinieblas ofrecen cuanto es bastante para descubrir cuadros de dolor, tristísimas regiones, lúgubre oscuridad, donde la paz y el reposo no pueden morar jamás, donde no llega ni aún la esperanza, que dondequiera existe. Allí no hay más que tormentos sin fin, y un diluvio de fuego alimentado por azufre, que arde sin consumirse.

Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos rebeldes; y allí ordenó que estuviera su prisión en las más densas tinieblas, tres veces tan apartada de Dios y de la luz del cielo, cuanto lo está el centro del universo del más lejano polo. ¡Oh! ¡Qué diferencia entre esta morada y aquella de donde cayeron!

Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina envueltos entre las olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Revolcábase también a su lado uno que era el más poderoso y criminal después de él, conocido mucho más tarde en Palestina con el nombre de Belcebú. El gran Enemigo en el cielo, rompiendo el hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a decir:

«Si tú eres aquel... pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que adornado de brillo deslumbrador en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendidez a millones de espíritus refulgentes...! Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un mismo pensamiento y resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa empresa, unieron en otro tiempo conmigo como nos une ahora una misma ruina... mira desde qué altura y en qué abismo hemos caído por ser El mucho más prepotente con sus rayos. Pero, ¿quien había conocido hasta entonces la fuerza de sus terribles armas? Y a pesar de ellas a pesar de cuanto el Vencedor en su potente cólera pueda hacer aún contra mí, ni me arrepiento, ni he decaído, bien que menguada exteriormente mi brillantez, del firme ánimo, del desdén supremo propios del que ve su mérito vilipendiado y que me impulsaron a luchar contra el Omnipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas de espíritus armados, que osaron despreciar su dominación. Ellos me prefirieron oponiendo a su poder supremo otro contrario; y venidos a dudosa batalla en las llanuras del cielo, hicieron vacilar su trono.

«¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido todo. Con esta voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal y un valor que no ha de someterse ni ceder jamás ¿cómo he de tenerme por subyugado? Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia doblada la rodilla y acatar un poder cuyo ascendiente ha puesto en duda, poco ha, mi terrible brazo. Y pues según ley del destino no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este gran acontecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado mucho, podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía.»

Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se jactaba en alta voz, más poseído de una desesperación profunda; y de este modo le contestó enseguida su arrogante compañero: «¡Oh príncipe! ¡Oh caudillo de tantos tronos, que bajo tu enseña condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y que mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey perpetuo del cielo, contrastando su soberano poder, débase éste a la fuerza, al acaso o al destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso de una triste y vergonzosa derrota que nos arrebató el cielo. Todo este poderoso ejército se halla en la más horrible postración, y destruido hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las divinas esencias, pues el pensamiento y el espíritu permanecen invencibles y el vigor se restaura pronto, por más que esté amortiguada nuestra gloria y que nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. Pero, ¿y si el vencedor (forzoso me es ahora creerlo todopoderoso, pues a no serlo no habría conseguido avasallarnos), nos conserva todo nuestro espíritu y fortaleza para que mejor podamos sufrir y soportar las penas, para aplacar su vengativa cólera, o prestarle un servicio más rudo en el corazón del infierno, trabajando en medio del fuego, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos ha de servir entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza, ni se ha menoscabado la eternidad de nuestro ser para sufrir un castigo eterno?»

A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo: «Humillado Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer el bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la Suprema Voluntad a que resistimos. Si de nuestro mal procura su providencia sacar el bien debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez lo enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen. Pero mira irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encrespada ola que desde el principio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con su impetuosa furia, ha agotado quizá sus rayos, y no brama ya a través del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella árida llanura, abandonada y agreste cercada de desolación sin más luz que la que debe al pálido y medroso resplandor de estas lívidas llamas? Salvémonos allí del embate de estas olas de fuego; reposemos en ella, si le es dado ofrecernos algún reposo, y reuniendo nuestras afligidas huestes, vemos cómo será posible hostigar en adelante a nuestro enemigo, cómo reparar nuestra pérdida sobreponiéndonos a tan espantosa calamidad, y qué ayuda podemos hallar en la esperanza, si no nos sugiere algún intento la desesperación.»

Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza fuera de las olas y los ojos centelleantes. De desmesurada anchura y longitud, las demás partes de su cuerpo, tendido sobre el lago, ocupaba un espacio de muchas varas. Era su estatura tan enorme, como la de aquel que por su gigantesca corpulencia se designa en las fábulas con el nombre de Titán, hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, y cual la de Briareo o Tifón, cuya caverna se hallaba cerca de la antigua Tarso; tan grande como el Leviatán, monstruo marino a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que mandan en las corrientes del océano. Duerme tranquilo entre las espumosas olas de Noruega, y con frecuencia acaece, según dicen los marineros, que el piloto de alguna barca perdida lo torna por una isla, echa el ancla sobre su escamosa piel, amarra a su costado, mientras las tinieblas de la noche cubren el mar, retardando la ansiada aurora. No menos enorme y gigantesco yacía el gran Enemigo encadenado en el lago abrasador, y nunca hubiera podido levantar su cabeza, si por la voluntad y alta permisión del Regulador de los cielos, no hubiera quedado en libertad de llevar a cabo sus perversos designios, para que con sus repetidos crímenes atrajese sobre sí la condenación al fraguar el mal ajeno, y a fin de que en su impotente rabia viese que toda su malicia sólo había servido para que brillase más en el hombre a quien después sedujo, la infinita bondad, la gracia y la misericordia y en él resaltasen a la par su confusión, sus iras y su venganza.

Se enderezó de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo; rechaza con ambas manos las llamas que abren sus agudas puntas, y que rodando en forma de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y desplegando entonces las alas dirige a lo alto su vuelo y se mece sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a semejante peso, hasta que por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede llamarse la que está siempre ardiendo con fuego compacto, como el lago con fuego líquido. Tal es el aspecto que presentan, cuando por la violencia de un torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Perolo o de los costados del mugiente Etna, las combustibles e inflamadas entrañas que, preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el violento choque de los minerales y con el auxilio de los vientos, dejando un ardiente vacío envuelto en humo y corrompidos vapores. Semejante era la tierra en que puso Satán las plantas de sus pies malditos. Síguele Belcebú, su compañero y ambos se vanaglorian de haber escapado de la Estigia por su virtud de dioses, y por haber recobrado sus propias fuerzas, no por la condescendencia del Poder supremo.

«¿Es ésta la región, dijo entonces el preciso Arcángel, éste el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste? Séalo, pues el que ahora es soberano, sólo puede disponer y ordenar es lo que justo se contempla; lo más preferible es lo que más nos aparte de él; que aunque la razón nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia. ¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente! ¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni con el tiempo, ni en lugar alguno. El espíritu vive en sí mismo, y en sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo. ¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho más poderoso? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí, reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo.
” (John Milton, “El Paraíso Perdido”, primera parte).

Milton, a pesar de ser cristiano, de forma peculiar describe a la deidad del cristianismo como un tirano, cuando menos a ojos de un rebelde que lo es por...ansia de libertad.

Sin quererlo Milton, en esa parte de su obra, se vuelve luciferino: “más vale reinar aquí, que servir en el cielo”. 


Bibliografía

Lavey, Anton Szandor: La Biblia satánica, Editorial Martínez Roca, 2008.
 
Milton, J.: El Paraíso Perdido, colección "Letras Universales", Editorial Catedra.

Urbano Calle, Emilio: Adoradores del diablo: De la Biblia a las sectas satánicas, Editorial Oberon, 2003.

Iglesia de Satán http://www.churchofsatan.com/Pages/WelcomeSp.html


Jorge Romero Gil