Mostrando entradas con la etiqueta Sectas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sectas. Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de diciembre de 2011

Thelema. Algunas variantes




Nietzsche no necesita el cristianismo, lo que quiere es que éste desaparezca y olvidarse de él. Lavey, sin embargo, lo necesita, básicamente al Dios cristiano -tal vez con otro deidad enfrente funcionase, pero precisa un Dios al que enfrentar a su Señor-, porque Lavey basa su culto en una dualidad, en unos opuestos.

La postura de Nietzsche no precisa nada del cristianismo, solo desea su eliminación, una vez desaparecido las bases de su filosofía incluido el elitismo siguen no solo intactas sino que saldrían reforzadas en ciertos aspectos. Sin embargo, Lavey, resulta que...se quedaría sin base alguna en la que sostener la postura de su Señor, sin enemigo ¿como va a haber guerra? ¿como sostener una perpetua dualidad sobre uno? Es imposible.

Thelema

Quería comentar un poco el lema de "haz lo que quieras" -utilizado por Rabelais, Crowley y Lavey entre otros-, y sobre el que he estado dándole algunas vueltas. Eso tiene relación con el término "thelema" que significa, en griego, "voluntad", cabe traducirlo, también, por "hacer tu voluntad" y, por eso, la derviación a "haz lo que quieras" o "hacer lo que se quiera".

Pero, a partir de eso, y entre otras muchas, se pueden mencionar las tres derivaciones –por orden cronológico- de Rabelais, Crowley y la de Lavey,

Rabelais

El "thelema" de Rabelais se expone a partir del capítulo LII de Gargantúa, ese "thelema", es un canto a la libertad individual y...colectiva, libertad dentro de una sociedad -por eso imagina una abadia de thelema y unos thelemitas, una y otros muy peculiares para su época, los siglos XV y XVI EC-. Aquí reproduzco un fragmento de esa obra:

“Tenían empleada su vida, no según leyes, estatutos ni reglas, sino según su franco arbitrio.

Se levantaban de la cama cuando buenamente les parecía; bebían, comían, trabajaban, dormían cuando les venía en gana; nada les desvelaba y nadie les obligaba a comer, beber ni hacer cosa alguna; de esta manera lo había dispuesto Gargantúa. En su regla no había más que esta cláusula: «Haz lo que quieras».

Porque las gentes bien nacidas, libres, instruidas y rodeadas de buenas compañías, tienen siempre un instinto y aguijón que les impulsa a seguir la virtud y apartarse del vicio; a este acicate le llaman honor. Cuando por vil sujeción y clausura se ven constreñidos y obligados, pierden la noble afición que francamente los inducía a la virtud y dirigen todos sus esfuerzos a infringir y quebrantar esta necia servidumbre, porque todos los días nos encaminamos a lo prohibido, y constantemente ambicionamos lo que se nos niega.

Por efecto de esta libertad, llegaron a la plausible emulación de hacer todos lo que a uno le fuera grato; si alguno o alguna decía bebamos, todos bebían; si decían juguemos, todos jugaban; si decían vamos a pasear por el campo, todos paseaban. Si decían vamos a cazar, las damas, montadas en sus bellas hacaneas, con su palafrén y su guía, llevaban cada una en su mano enguantada delicadamente un esmerillón o un alcotancillo; los demás pájaros los llevaban los hombres.

Tan noblemente estaban educados, que entre ellos no había uno solo que no supiera leer, escribir, cantar, tocar instrumentos de música, hablar cinco o seis idiomas y componer en prosa o verso. Jamás se han visto caballeros tan discretos, tan galantes, tan ágiles a pie y a caballo, tan fuertes para remar y para manejar todas las armas, como los que allí había.

Cuando para alguno, por llamamiento de sus deudos o cualquiera otra causa, llegaba la hora de salir fuera, llevaba consigo una de las damas que de antemano le había escogido por suyo, y por consecuencia, estaban ya juntos y casados; si en Theleme habían vivido en inclinación y amistad mutua, las continuaban con aumento en el matrimonio, tanto que llegaban hasta el fin de sus vidas habiéndola pasado toda como el primer día de novios.

(François Rabelais, “Gargantúa”, Capítulo LVII)

Otras visiones de “haz lo que quieras”

El Thelema descrito anteriormetne, el “haz lo que quieras” de Rabelais, es muy diferente ese concepto de 
"thelema" del de Crowley y del de Lavey.

Aleister Crowley genera una religión -diría que por mera estética- y su "thelema" es un "haz lo que quieras" del todo individualista, elitista y aristocrático.

Siguiendo su estela nos encontramos con otro personaje notable, que no es Lavey, sino Austin Osman Spare, que profundiza -aparcando el estilismo egipcio de Crowley- en la idea elitista y aristocrática pero… desde una vía caótica, digamos que si Crowley –aunque sea por cuestión de estilo- “adorna” sus propuestas y las viste a partir de Aiwass, Spare deja claro en su “El libro del Placer” que no hay nada preestablecido que seguir, que todo fluye, que el fluir es caótico y que toda construcción es una artificio, a partir de eso propone sus sigilos: del reconocimiento de la pura creatividad humana –con independencia de que ésta pueda pulsar determinadas cosas y causar determinados efectos, pero en última instancia, el elemento causal, en Spare, es humano-. Austin Osman Spare es el creado de la Zos Kia, que es la base de la llamada “magia del Caos” –que prescinde de religión alguna, ni siquiera por necesidades estéticas o elitistas genera nada en ese campo, cosa que sí intentó hacer Crowley.-

Anton Szandor Lavey también genera una religión, pero no a partir del "haz lo que quieras" sino integrando a éste en ella. Su "thelema", ya no es siquiera individualista sino del todo egótico. Pero en el sentido más absurdamente “malo” del término –es que Lavey no sabe siquiera ser malvado, no es más que un vendedor, eso sí: muchos compraron su producto-.

Lavey da carta de naturaleza al Dios del que dice abominar, en el fondo, además, sin enterarse, es cristiano, su Satanás es cristiano, igual que su oponente

"Thelema", pues,  puede entenderse de diversas maneras, no es la misma la de Rabelais, que la de Crowley o la versión de vodevil de Lavey.

El indirecto “thelema” de Nietzsche

Pero nos queda una versión del “haz lo que quieras” esbozada pero no mencionada explícitamente, porque en la obra a la que nos hemos referido aquí –y por ahora- de este autor, El Anticristo, no formula textualmente la idea pero la presenta implícitamente, veamos un fragmento que deja poco espacio a la duda:

"¿Se comprende fácilmente, se quiere comprender qué fue el Renacimiento? Fue la transmutación de los valores cristianos, fue una tentativa, hecha por todos los medios, con todos los instintos, con todo el genio, para conducir a la victoria los valores contrarios, los valores nobles... Hasta ahora no ha habido mas que esta gran guerra, hasta ahora no ha habido posición de problemas más decisiva que la obrada por el Renacimiento, mi problema es su problema...: ni tampoco ha habido una forma de asalto más sistemática, más derecha, más severamente desencadenada sobre todo el frente así como contra el centro. Atacar en el punto decisivo, en la sede del cristianismo, poner allí en el trono los valores nobles, o sea introducirlos en los instintos, en las más profundas necesidades y deseos de los que tenían allí su sede... Yo veo ante mí una posibilidad de fascinación y de encanto de aquellos, completamente subterránea: me parece que esta posibilidad resplandece en todos los estremecimientos con una belleza refinada, que en ella obra un arte, tan divino, tan diabólicamente divino, que en vano se encontraría a través de milenios una segunda posibilidad semejante: veo un espectáculo tan rico de sentido, y, al mismo tiempo, tan maravillosamente paradójico, que todas las divinidades del Olimpo habrían prorrumpido en una carcajada inmortal: “¡César Borja papa!” ¿Se me entiende? Pues bien: ésta habría sido la victoria que hoy yo solo deseo...; ¡con ésta, el cristianismo quedaba abolido!..."

(Friedich Nietzsche, "El Anticristo", página 89)

La anterior es una visión aún más aristocrática que la de Crowley del “haz lo quieras”, lo es más porqué la de Crowley es, ante todo, particularista, y la de Nietzsche, pese a proclamar su soledad, es generalista, podríamos llamarla sociológicamente aristocrática, lo cual, de paso… genera una paradoja en Nietzsche que Crowley resuelve… no planteándola.

¿Y Lavey? Pues Lavey toca el piano, pura y simplemente eso.


Jorge Romero Gil


Bibliografía

Lavey, Anton Szandor: La Biblia satánica, Editorial Martínez Roca, 2008

Nietzsche, Friedich: El Anticristo, Edimat Libros, Madrid

Rabelais, François: Gargantúa

Spare, Austin Osman: El libro del placer

Urbano Calle, Emilio: Adoradores del diablo: De la Biblia a las sectas satánicas, Editorial Oberon, 2003.




miércoles, 21 de diciembre de 2011

Sobre el "Libro de Satán (Fuego)" de la Biblia Satánica



 
Hemos dejado a Lavey entre sus prefacios, introducciones y diatribas, démosle una oportunidad más, veamos que dice en el "Primer Libro" de su "Biblia Satánica". No es muy original el comienzo: lo dedica a Satán.

(FUEGO) EL LIBRO DE SATÁN -I-

1. En este árido desierto de acero y piedra, elevo mi voz para que puedas oírla, Al Este  y al Oeste hago una seña. Al Norte y al Sur muestro un signo que proclama: ¡Muerte a los débiles, salud para los fuertes!

2. ¡Abrid los ojos para que podáis ver, oh, hombres de mente enmohecida, y escuchadme bien, vosotros, la multitud de seres desorientados!

3. ¡Pues yo me alzo para desafiar a la sabiduría del mundo, para pedir explicaciones a las   «leyes» del hombre y de «Dios»!

4. Yo exijo razones de vuestras reglas doradas y pregunto el porqué de vuestros mandamientos  
5. No me inclino en señal de sumisión ante ninguno de vuestros ídolos pintados, y el que me diga «tú lo harás» es mi enemigo mortal.  

6. Hundo mi dedo en la sangre aguada de vuestro impotente y loco redentor, y escribo en su frente desgarrada por las espinas: «el verdadero príncipe del mal; ¡el rey de los esclavos». 

7. Ninguna vetusta falsedad será para mí una verdad; ningún dogma sofocante entorpecerá mi pluma.  

8. Me aparto de todos los convencionalismos que no me lleven al éxito y a la felicidad en la Tierra. 

9. Elevo con severa energía el estandarte de los fuertes.  

10. Clavo mi mirada en los ojos vidriosos de vuestro espantoso Jehová, y le tiro de la barba. Alzo un hacha y abro en dos su cráneo devorado por los gusanos,  

11. Hago estallar el horrible contenido de los sepulcros filosóficos marchitos, y río con ira sardónica

Bien, aquí tenemos el comienzo del comienzo. Por comenzar comienza mal: le tira de la barba a un acrónimo y se ríe cual actor de película de terror de "serie B".

Así nuestro actor lanza el guante a la cara de Dios, y, curiosísimamente, al Dios de los cristianos. ¿Por qué? Pues porque, a fin de cuentas, sin ese Dios concreto el de Lavey...no existe -no puede recurrir al judaísmo, por ejemplo, porque allí Satanás no es un ángel caído es sólo un "fiscal" al servicio de D_os (véase especialmente para esto el libro de Iyov/Job)-.
Por tanto el Dios de Lavey necesita tanto a su contrincante como éste...a su derrotado enemigo.

Nuevamente Milton

¿A qué nos recuerdan también esos puntos? Por lo pronto a mi me recuerdan a algún fragmento de Milton, una vez más el "original" Lavey se mueve en la "originalidad". Veamos el desafío demoníaco que imagina John Milton en "El Paraíso Perdido":

"Con esta voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal y un valor que no ha de someterse ni ceder jamás ¿cómo he de tenerme por subyugado? Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia doblada la rodilla y acatar un poder cuyo ascendiente ha puesto en duda, poco ha, mi terrible brazo. Y pues según ley del destino no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este gran acontecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado mucho, podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía."

"Humillado Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer el bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la Suprema Voluntad a que resistimos. Si de nuestro mal procura su providencia sacar el bien debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez lo enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen. Pero mira irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encrespada ola que desde el principio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con su impetuosa furia, ha agotado quizá sus rayos, y no brama ya a través del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo"

"Así hablaba Satán; y Belcebú le respondió así: «¡Caudillo de los ínclitos ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos! Si otra vez oyen esa voz, seguro vaticinio de su esperanza en medio de sus temores y peligros, esa voz que ha resonado con tanta frecuencia en los trances más apurados, ya en el crítico momento del combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los conflictos la señal indudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y vida".

Bien, creo que con esto basta y sobra tampoco es cuestión de reproducir por entero la obra de Milton, pero vemos como el poeta inglés -eso sí, "desde el otro lado teórico" respecto a Lavey-, pone en boca de Satán justo...el desafío que plantea Lavey. Nuestro hombre mucho tampoco se esforzó. 

Un entorno sociológico favorable

Pero sigamos con el muy convencional -aunque pretenda ser todo lo contrario- Lavey. Ya he aludido al entorno sociológico de Lavey, ese entorno precisa -o, cuando menos, considera altamente aconsejable- la existencia de una religiosidad ¿cual? La que sea, pero religiosidad, los Estados Unidos se consideran "el país de Dios", ahora...nunca han especificado demasiado de que Dios se trata. Y eso se debe a un aspecto fundacional: los colonos ingleses que fundaron las colonias iniciales en la costa Este tenían una cosa muy clara: regirse por la libertad de culto.

Ciertamente en aquella época esa libertad se pensaba y se restringía a la libertad de culto...cristiano, es decir, a la convivencia y respeto mutuo de los diferentes tipos de protestantismo que representaba el conglomerado de colonos.

Pero fuera de esa notación histórica lo que aquí nos interesa es otra cosa, los siguientes principios establecidos y que arraigarán en la esencia de la sociedad norteamericana, que evolucionarán con ella pero que...siempre estarán presentes: libertad de culto y adoración a Dios ¿cual Dios? Pues...cualquiera. Se considera a la religión benéfica por sí misma.

¿Por qué es aceptado Lavey? Pues porque a pesar de sus aparentes extravagancias y desafíos...no cuestiona nada básico, por el contrario, cumple punto por punto todas las convenciones que exige la sociedad estadounidense. Por ser convencional...hasta escribe una Biblia, crea una Iglesia, se viste de clérigo y... se nombra Sumo Sacerdote de su "nueva" religión. Así que tal credo se apunta en el catálogo y... ya está. No cuestiona nada, absolutamente nada, del sistema social que le rodea, en el que se inscribe y al que se ajusta perfectamente -incluido el muy estadounidense y puritano culto a los negocios, véase al respecto la obra de Max Weber "La ética protestante y el espíritu del capitalismo"-.

Lavey y Nietzsche

Hemos dejado a Lavey de portavoz de Satán en la parte primera del "Libro de Satán (Fuego)" de su Biblia -la que según otra leyenda escribió en el Hotel California de Todos los Santos, realmente por leyendas en ese establecimiento que no queden-. Bien, volvamos a otro viejo conocido -como Milton, muchísimo más serio que Lavey, también...muchísimo menos convencional-, se trata de Friedich Nietzsche, ya que aún seguimos al comienzo con Lavey y sus desafios, veamos el comienzo de uno de los desafios de Nietzsche: su prólogo de "El Anticristo", prólogo que titula "Inversión de todos los valores":

Este libro está hecho para muy pocos lectores. Puede que no viva aún ninguno de ellos. Esos podrán ser los que comprendan mi Zaratustra; ¿acaso tengo yo derecho a confundirme con aquellos a quienes hoy se presta atención? Lo que a mí me pertenece es el pasado mañana. Algunos hombres nacen póstumos.

Las condiciones requeridas para comprender y para comprenderme luego con necesidad, las conozco demasiado bien. Hay que ser probo hasta la dureza en las cosas del espíritu para poder soportar sólo mi seriedad y mi pasión. Hay que estar acostumbrado a vivir en las montañas, y ver a nuestros pies la miserable locuacidad política y el egoísmo de los pueblos que la época desarrolla. Hay que hacerse indiferente; no debe preguntarse si la verdad favorece o perjudica al hombre... Hay que tener una fuerza de predilección para las cuestiones que ahora espantan a todos; poseer el valor de las cosas prohibidas, es preciso estar predestinado al laberinto. De esas soledades hay que hacer una experiencia. Tener nuevos oídos para una nueva música: nuevos ojos para las cosas más lejanas; nueva conciencia para verdades hasta ahora mudas, y la voluntad de la economía en grande estilo; conservar las propias fuerzas y el propio entusiasmo... hay que respetarse a si mismo, amarse a sí mismo; absoluta libertad para consigo mismo...

Ahora bien; sólo los forjados así son mis lectores, mis lectores predestinados; ¿qué me importan los demás? Los demás son simplemente la humanidad. Se debe ser superior a la humanidad por la fuerza, por el temple, por el desprecio...

Friedich Nietzsche

Bien, eso diríamos que también ayuda a entender la "originalidad" de Lavey, quede claro que Nietzsche no es satanista, de hecho en la obra citada no le presta la menor atención -o escasísima, pero de memoria diría que ninguna- a la figura de Satán. A Nietzsche le importa un bledo Satán, Nietzsche se declara pura y simplemente anticristiano, pero, a diferencia de Lavey, no lo hace para oponerse -y, por tanto, reconocer- al Dios de los cristianos, lo hace porque niega los valores del cristianismo y los considera corruptores del espíritu humano. Ese es Nietzsche.

Lavey es otra cosa...un pianista de cabaret, eso sí: con visión de negocio.

Ya seguiremos.


Jorge Romero Gil


Bibliografía

Lavey, Anton Szandor: La Biblia satánica, Editorial Martínez Roca, 2008.

Milton, J.: El Paraíso Perdido, colección "Letras Universales", Editorial Cátedra.

Nietzsche, Friedich: El Anticristo, Edimat Libros, Madrid

Urbano Calle, Emilio: Adoradores del diablo: De la Biblia a las sectas satánicas, Editorial Oberon, 2003.




lunes, 19 de diciembre de 2011

Motivaciones sobre la "Iglesia de Satán"



 Las motivaciones para los seguidores de Lavey y su "Iglesia de Satán" imagino que son las mismas que para adorar a cualquier otra deidad o ente, en ese sentido no puedo entrar mucho más allá porque servidor no ha sentido nunca esa necesidad -al menos hasta el momento presente.. Precisamente mi curiosidad por el tema se basa...en mi absoluta ausencia de problemas de fe -ausencia de problemas porque no siento la necesidad de tener fe en nada ni adorar a nadie-.

La fe como motivación
 
No veo ninguna diferencia entre adorar a Satán, adorar a Visnhú o a la Santísima Trinidad, lo único que se me ocurre al respecto es cierta necesidad de misticismo, cierta búsqueda de la propia "transcendencia" en algo ajeno, superior y "trascendente por sí mismo" -que asegura la propia trascendencia- y el miedo a lo transitorio -algo así como un "horror vacui" ante la pregunta ¿y después qué?-. Ante eso se busca un "Señor" que proteja y que además haga sentirse "importante" al siervo, en el fondo el vínculo es casi feudal: "tu me adoras yo te protejo y procuro que prosperes".

Pero todo esto es puramente especulativo por mi parte porque ni he experimentado ni entiendo la necesidad de la fe misma.

Una idea tabú
 
La particularidad que se expresa hacia Satán -en el sentido de generar rechazo, aversión, e incluso "repugnancia" y "miedo" me parece más el prejuicio cultural que todos compartimos -todos los que nos hemos criado bajo una cultura cristiana, con independencia de que seamos cristianos o no- hacia esa figura que otra cosa. 

Digamos que esa idea nos "choca" o da más "yuyu" que otras. Si alguien dice "soy hinduista" nadie se extraña demasiado, si alguien dice "soy satánico" se le mira con bastante prevención o se piensa directamente que esta loco.

Puede que lo éste, pero las mismas posibilidades hay de que exista Visnhu, sus avatares y el ciclo del Samsara, que de lo haga Satán, las potestades demoniacas y el reino del Averno. A mi parecer...ninguna, pero es que servidor ha hecho sus "apuestas", nada que decir respecto a las de los demás.

El caso de Lavey

 
El caso de Lavey me parece arquetípicamente estadounidense -en sentido sociológico- se inscribe en los movimientos contraculturales de los años sesenta y setenta del siglo XX, cuyo epicentro en los EE UU era, precisamente, California -más que New York-. Ya he indicado que en el fondo sólo reproduce esquemas y busca otro "Señor" del que erigirse en interprete -se hacia llamar "el Papa negro"-. 

En cierto ensayo de un corresponsal español en los EEUU leí sobre la religiosidad en ese país que, en opinión del autor del ensayo, los EE UU se consideraban "el país de Dios" pero...no importaba demasiado cual fuese el Dios que cada cual adorase, por eso Lavey, en realidad, no inquieta nada y se integra perfectamente: tiene su Dios y lo proclama.

¿Qué aporta el adorar a Satán que no aporte adorar a Jesucristo? Nada -en mi opinión subjetiva-, ni el adorar a uno u otro, tirando a largo la sensación de tranquilidad espiritual o de "ser elegido" que pueda obtener el adorador, pero eso es un mecanismo psicológico interno de quién adora, no algo relativo a los "beneficios" que pueda otorgar la supuesta divnidad "adorada" y "servida".

Personalmente -y, por lo tanto, vuelvo a ser subjetivo- no creo que el "bien" o el "mal" sean "entes" dependientes de ciertas "potestades" -en el caso de nuestra cultura Dios y el Diablo-, he hablado de eso en otro hilo, y pienso que el mal o el bien son completamente humanos, de hecho, cualquier humano es capaz de hacer lo peor o lo mejor, exactamente la misma persona. Porque el mal o el bien son circunstanciales, son el fruto de las decisiones que se toman, de las acciones que se emprenden a partir de ellas y de las consecuencias que se deriven. Ni más ni menos...a mi parecer.

"Hacer el mal y la línea del bien" ¿qué es el "mal" y qué es el "bien"? Mi respuesta es que no tienen identidad propia -en ese sentido "no son"- tienen -uno y otro-...nuestra identidad, porque son humanos y bien humanos y...sólo humanos.

 
Bibliografía

Lavey, Anton Szandor: La Biblia satánica, Editorial Martínez Roca, 2008.

Urbano Calle, Emilio: Adoradores del diablo: De la Biblia a las sectas satánicas, Editorial Oberon, 2003.

Iglesia de Satán http://www.churchofsatan.com/Pages/WelcomeSp.html
 
 
Jorge Romero Gil 
 
 
 

Las poses de Lavey y los valores del puritanismo



 ¿Por qué consigue adeptos cualquier religión o creencia? Pues en mi opinión por las necesidades de los postulantes -sean místicas o espirituales, sean materiales, sean psicológicas, sean anímicas, sean culturales...vaya...sean las que sean-.

La contracultura de la década de 1960 y la figura de Lavey

De Anton Szandor Lavey -y fuera de su
Biblia Satánica- sé alguna cosa pero poca, no he seguido demasiado sus andanzas y aún menos las de sus sucesores. Básicamente porque me parece simplemente un gesto "contracultural" de la época que se enmarca en el contexto de mediados de los años sesenta del siglo XX y en ciertos ambientes de la "cultura pop" estadounidense. Lavey tenía bastante predicamento -o simplemente era popular- en esos círculos.

Como he indicado en otro texto Lavey viene a "cambiar" un "Señor" por otro pero, al parecer, sigue postulando y "necesitando" un "Señor" al que servir. En el fondo todo ese asunto me parece pura parafernalia. Lo más interesante de ello es su libro, porque en él se ve como contempla a "Satán" como "amigo del hombre" y como Lavey, literalmente, ejerce de "abogado del diablo", para muestra un botón:


"
El primer libro de la Biblia Satánica no es un intento de blasfemar, sino una declaración de lo que podría llamarse "indignación diabólica". El Diablo ha sido atacado por los hombres de Dios sin reservas ni miramientos. Nunca ha habido una oportunidad, hablando ficticiamente, para que el Príncipe Oscuro hable de la misma manera que los voceros del Señor del Bien. Los agitadores del pasado han gozado de libertad para definir el "bien" y el "mal" a su acomodo, y han relegado alegremente al olvido a cualquiera que no estuvise de acuerdo con sus mentiras -- verbalmente y a veces, físicamente. Su decir de caridad, a los ojos de Su Infernal Majestad, no es más que una farsa vacía --y bastante injusta, teniendo en cuenta el hecho obvio que si no fuese por su adversario Satánico, sus religiones se colapsarían. Resulta triste, que el personaje alegórico que es el mayor responsable del éxito de las religiones espirituales, sea tratado con el mínimo de compasión y el abuso más consistente -- y por quienes más untuosamente predican las reglas del juego limpio! Durante todos los siglos de insultos que ha recibido el Diablo, nunca ha contestado a sus detractores. Siempre ha quedado como el caballero, mientras los que él apoya gritan y deliran. Ha demostrado ser un modelo de conducta, pero ahora siente que es hora de replicar. Ha decidido finalmente que es tiempo de recibir lo que le corresponde. Ahora ya no se necesitan los voluminosos reglamentos de hipocresía. Para poder volver a aprender la Ley de la Selva, será suficiente una pequeña y breve diatriba. Cada verso es un infierno. Cada palabra es una lengua de fuego. Las llamas del Infierno arden ferozmente... y purifican! Leed y aprended la Ley" (Antón Szandor Lavey, "La Biblia Satánica", "(Fuego) Libro de Satán", "La Diatriba Infernal)

No obstante, repito, todo me parece bastante pueril, algo así como una "pataleta" contracultural inclinada hacia el "lado oscuro", buscándolo pero, en el fondo, ¡tan pendiente del puritanismo inherente a la sociedad estadounidense! Ni sus teóricos "satanistas" lo pueden evitar...


En mi opinión Lavey no entiende gran cosa, simplemente se "rebela" contra los modelos imperantes en la sociedad de su época y busca un "Señor" alternativo, esa sociedad, a su vez, lo intengrará como...integra todo tipo de excentricidades. Lavey siguió siendo parte del sistema -incluido el de valores, que valora, y mucho...los negocios, herencia, por otro lado del puritanismo y del calvinismo, sólo hay que leer algunas cosas de Benjamin Franklin o bien el excelente libro de Max Weber "
La ética protestante y el espírirtu del capitalismo"- de la sociedad estadounidense.


Una aparente ruptura y una integración en el sistema

Ya he dicho que el sistema lo integra, también he dicho que fuera de su libro y de la propia figura de Lavey, no he seguido las andanzas de la "Iglesia de Satán". Bien pudiera ser que a estas alturas sea otro negocio más.


El consejo de gobierno de la "Iglesia" en cuestión dice estar formado por  los "hombres más peligrosos del mundo"...más parafernalia y puerilidad. Y ¡el plan maestro para el mundo! pues...el reflejo "oscuro" de aquello del "plan de Dios para la humanidad"...puritanismo, en el fondo...puritanismo. Teatro...puro teatro.


Vuelvo un poco a Lavey, dejemos aquí algo suyo "Las Nueve Declaraciones Satánicas", ya realizaré su correspondiete análisis de momento os las pongo para que las lea quién este interesado en ello:

LAS NUEVE DECLARACIONES SATÁNICAS

1.Satán representa complaencia, en lugar de abstinencia!

2.Satán representa la existencia vital, en lugar de sueños espirituales!

3.Satán representa la sabiduría perfecta, en lugar del auto engaño hipócrita!

4.Satán representa amabilidad hacia quienes la merecen, en lugar del amor malgastado en ingratos!

5.Satán representa la venganza, en lugar de ofrecer la otra mejilla!

6.Satán representa consideración hacia el responsable, en lugar de vampiros psíquicos!

7.Satán representa al hombre como otro animal, algunas veces mejor, la mayoría de las veces peor que aquellos que caminan en cuarto patas, el cual, por causa de su "divino desarrollo intelectual" se ha convertido en el animal más vicioso de todos!

8.Satán representa todos los llamados "pecados", mientras lleven a la gratificación física, mental o emocional!

9.Satán ha sido el mejor amigo que la Iglesia siempre ha tenido, ya que la ha mantenido en el negocio todos estos años!


(Anton Szandor Lavey, "La Biblia Satánica")

La verdad es que no suena a nada demasiado nuevo, es más, alguna cosa recuerda a cierta dietriba de Friedich Nietzsche en "El Anticristo"

Pero...ya le dije –figurada y reiterdamente, claro- y
l
e diría a Lavey: "perdona que no te crea, me parece que es teatro"

Si alguien quiere buscar puertas... no las encontrará en Lavey, su "Iglesia" y sus sucesores -opinión personal y subjetiva-. Ahora, "business"... puede.


Bibliografía


Lavey, Anton Szandor: La Biblia satánica, Editorial Martínez Roca, 2008.

Urbano Calle, Emilio: Adoradores del diablo: De la Biblia a las sectas satánicas, Editorial Oberon, 2003.

Iglesia de Satán http://www.churchofsatan.com/Pages/WelcomeSp.html



Jorge Romero Gil



jueves, 15 de diciembre de 2011

Lavey, Milton y Lucifer



Una cosa es la figura cristiana del “ángel caído” y otra la de Satanás, la figura de la potestad espiritual archienemiga de la divinidad es figura cristiana no judía, y forma parte no del intento de fagotización o sincresis del judaísmo por parte del cristianismo sino de otro tipo de apropiación: del mazdeismo o zoroastrismo, así si Ahura Mazda tiene su Ahriman el Dios trino de los cristianos tiene enfrente su Lucifer, Satanás o, simplemente, “el Diablo” -no “un” diablo-, aunque esa dualidad también puede haber sido un vestigio en el cristianismo de sus luchas con otro enconado enemigo: el gnosticismo, que también presenta una dualidad entre el demiurgo -un “engañador”, característica propia del “Diablo”- y la divinidad “real” -el “auténtico” Dios, no su sombra o imitador-.

El diferente papel de Satanás

Dentro del judaísmo no encontramos tales entidades diabólicas, no lo es la serpiente que aparece en el Bereshit, no lo es Baal -que, en puridad, en los textos del Tanaj es el mayor oponente del D_os de Israel-, y no lo es Satanás, que no es otra cosa que una especie de fiscal al servicio de la divinidad, papel que queda singularmente claro en el libro de Iyov/Job -especialmente capítulos 1 y 2-.

Curiosamente todo grimorio medieval -incluidos aquellos que tienen la pretensión de remitirse a época salomónica- recurre a la “división funcional del trabajo” establecida por el cristianismo, así toda evocación de potestades infernales se realiza previa invocación a la deidad y a sus superiores poderes y autoridad, bajo la cual el mago convoca al ente infernal para mandarle tal o cual cosa u obtener tal o cual otra, quedando sujeto el demonio o diablo convocado al mago a través de la autoridad superior de la divinidad, de suerte que, en puridad, el mago es una especie “especial” de exorcista -como mínimo actúa cubierto por los mismos poderes protectores que un exorcista, que, a la vez, son los que le otorgan potestad sobre el evocado-. 

El Satán de LaVey

Respecto a esta situación abomina -nunca mejor dicho- Howard Stanton Levey, por nombre artístico Anton Szandor LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, así al inicio de su “Biblia Satánica” dice refiriéndose a todo mago u ocultista anterior que “juega” con esos poderes diabólicos:

Este libro fue escrito porque, con muy pocas excepciones, todo tratado o libro, todo "grimoire" secreto, todas las "grandes obras" del pasado sobre el tema de la magia, no son otra cosa que fraudes santurrones - desvaríos culpabilizados y farfulleos esotéricos de los cronistas de la tradición mágica, incapaces, o bien no dispuestos a presentar una visión objetiva sobre el tema. Escritor tras escritor, en sus esfuerzos de declarar los principios de la "magia blanca" y "magia negra", lo único que han conseguido es confundir y nublar el tema hasta tal punto que el aspirante a estudiante de hechicería termina ante un tablero de Ouija, parado dentro de un pentagrama esperando a que se le aparezca un demonio, lanzando débilmente al aire fichas del I Ching como si fuesen rosquillas rancias, barajando naipes para predecir un futuro que ha perdido todo significado, dando conferencias con el fin garantizado de inflar su ego - a la vez que hace lo mismo con su cartera - y en general ¡quedando como un tonto ante los ojos de quienes en verdad saben!

El “magus” verdadero sabe que en las estanterías de libros ocultistas abundan las frágiles reliquias de mentes asustadas y cuerpos estériles, diarios metafísicos de auto-engaño y reglamentos constipados de misticismo oriental. Durante mucho tiempo el tema de la magia y filosofía Satánica ha sido escrito por furibundos periodistas del Camino de la Mano Derecha.

La antigua literatura es el efecto secundario de cerebros que supuran miedo y rencor, escrita, de modo ignorante, para ayudar a quienes realmente dominan la tierra, y quienes, desde sus tronos Infernales, ríen con nociva alegría.


Aquí Levey lo que hace es “denunciar” la supuesta pusilanimidad de esa jerarquía de valores que sigue colocando al trono celeste por encima del trono infernal y reivindica el triunfo y la propia autoridad -no sometida a la celestial- del Señor del Averno. Digamos que Howard Stanton proclama la victoria -o, al menos, la superioridad- de Ahriman sobre Ahura Mazda.

Respecto a Lucifer encontramos lo siguiente en la “Biblia Satánica” de Levey, le dedica el libro segundo de la misma y es característica o espíritu que asocia con el aire y con una cualidad: la iluminación, por eso esa faceta es la del “portador de la luz”, explícitamente al inicio de ese libro el autor hace referencia al dios romano del conocimiento:

El dios romano, Lucifer, era el portador de Luz, el espíritu del aire, la personificación de la Iluminación y el Conocimiento” (Biblia Satánica, Libro II, Aire. Libro de Lucifer, Introducción “La Iluminación”)

Es, pues, según tal versión, la figura de Lucifer la que facilita la iluminación y el conocimiento, en definitiva: es el portador de la sabiduría. Don que otorga a la humanidad como Prometeo otorgó el fuego: arrancándola a la deidad.

Deviene así Lucifer de prototipo del mal en adalid del bien y benefactor de la humanidad, transmutando lo que se conoce como bien en mal y, a la inversa, resultando ser el mal bien, dado que una cualidad de la divinidad es arrancada a la misma -o desvelada- y entregada al género humano para que éste la disfrute. Inversión por lo demás típica de ciertas concepciones satanistas -que no satánicas- o, más bien, “luciferinas”. 

Los equivocos de Lavey

Cuando Lavey habla de "magus" se equivoca por completo en su concepción y, en consecuencia, definición de tal concepto. Resulta sorprendente teniendo en cuenta los múltiples modelos anteriores a Lavey -aunque relativamente recientes- que cabría definir en tal figura.
Así se podría citar a ocultistas como Aleister Crowley, Samuel S. MacGregor Mathers, Austin Osman Spare, Israel Regardie entre otros.

Curiosamente Lavey identifica "magus" con satanista sin existir razón alguna para tal sinonímia. Probablemente tal error parte de la base de entender que todo grimorio, en particular, y la goecia, en general, pretende ser satanista, cuando nada más lejos de la realidad.

El "magus" lo que pretendía en la Edad Media, y lo que pretendían los ocultistas citados, era acumular ciertos conocimientos y utilizar ciertos hipotéticos poderes -no porque él los tuviese, sino por medio de formulas rituales-, tan pronto se manejaban con una supuesta potestad como con otra.

El "magus" no es un siervo de nadie, ni un personaje asustadizo como deja entrever Lavey en su despectiva mención. Lo único que muestra el autor de la Biblia satánica, es una completa ignorancia de la goecia y la teurgia medievales y posteriores, así como de las figuras clave del ocultismo contemporáneo. El único que pretende servir a alguien es Lavey.

Tomemos a Crowley como ejemplo ¿alguien en su sano juicio puede pensar que tal figura pretendía servir a un "señor"? ¡pero si los crea él mismo en el Liber Al Vel Legis! ¿Cómo un creador de dioses va a pretender servir a alguno?

Una vez más, Lavey, muestra y demuestra que... lo suyo es el teatro.

Un Milton luciferino

Por último no sería adecuado dejar de mencionar la otra gran glosa de la “rebelión” contra la tiranía de la divinidad, el gran grito de libertad magníficamente evocado por...un autor cristiano, me refiero a John Milton y a “El Paraíso Perdido”:

Por su orgullo había sido arrojada del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes y con el auxilio de éstos, no bastándole eclipsar la gloria de sus próceres, confiaba en igualarse al Altísimo si el Altísimo se le oponía.

Para llevar a cabo su ambicioso intento contra el trono y la monarquía de Dios, movió en el cielo una guerra impía, una lucha temeraria que le fue inútil. El Todopoderoso lo arrojó de la etérea bóveda envuelto en abrasadoras llamas; y con horrendo estrépito y ardiendo cayó en el abismo de perdición, para vivir entre diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con sus armas al Omnipotente.

Nueve veces habían recorrido el día y la noche, el espacio que miden entre los hombres desde que fue vencido por su espantosa muchedumbre, revolcándose en medio del ardiente abismo aunque conservando su inmortalidad.

Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez que habían de atormentarle el recuerdo de la felicidad perdida y el interminable dolor presente. Dirige en torno funestas miradas que revelan inmensa pena y profunda consternación, no menos que su tenaz orgullo y el odio más implacable; y abarcando cuanto a los ojos de los ángeles es posible contempla aquel lugar, desierto y sombrío, aquel antro horrible cerrado por todas partes y encendido como un gran horno. Pero sus llamas no prestan luz y las tinieblas ofrecen cuanto es bastante para descubrir cuadros de dolor, tristísimas regiones, lúgubre oscuridad, donde la paz y el reposo no pueden morar jamás, donde no llega ni aún la esperanza, que dondequiera existe. Allí no hay más que tormentos sin fin, y un diluvio de fuego alimentado por azufre, que arde sin consumirse.

Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos rebeldes; y allí ordenó que estuviera su prisión en las más densas tinieblas, tres veces tan apartada de Dios y de la luz del cielo, cuanto lo está el centro del universo del más lejano polo. ¡Oh! ¡Qué diferencia entre esta morada y aquella de donde cayeron!

Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina envueltos entre las olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Revolcábase también a su lado uno que era el más poderoso y criminal después de él, conocido mucho más tarde en Palestina con el nombre de Belcebú. El gran Enemigo en el cielo, rompiendo el hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a decir:

«Si tú eres aquel... pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que adornado de brillo deslumbrador en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendidez a millones de espíritus refulgentes...! Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un mismo pensamiento y resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa empresa, unieron en otro tiempo conmigo como nos une ahora una misma ruina... mira desde qué altura y en qué abismo hemos caído por ser El mucho más prepotente con sus rayos. Pero, ¿quien había conocido hasta entonces la fuerza de sus terribles armas? Y a pesar de ellas a pesar de cuanto el Vencedor en su potente cólera pueda hacer aún contra mí, ni me arrepiento, ni he decaído, bien que menguada exteriormente mi brillantez, del firme ánimo, del desdén supremo propios del que ve su mérito vilipendiado y que me impulsaron a luchar contra el Omnipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas de espíritus armados, que osaron despreciar su dominación. Ellos me prefirieron oponiendo a su poder supremo otro contrario; y venidos a dudosa batalla en las llanuras del cielo, hicieron vacilar su trono.

«¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido todo. Con esta voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal y un valor que no ha de someterse ni ceder jamás ¿cómo he de tenerme por subyugado? Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia doblada la rodilla y acatar un poder cuyo ascendiente ha puesto en duda, poco ha, mi terrible brazo. Y pues según ley del destino no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este gran acontecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado mucho, podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía.»

Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se jactaba en alta voz, más poseído de una desesperación profunda; y de este modo le contestó enseguida su arrogante compañero: «¡Oh príncipe! ¡Oh caudillo de tantos tronos, que bajo tu enseña condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y que mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey perpetuo del cielo, contrastando su soberano poder, débase éste a la fuerza, al acaso o al destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso de una triste y vergonzosa derrota que nos arrebató el cielo. Todo este poderoso ejército se halla en la más horrible postración, y destruido hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las divinas esencias, pues el pensamiento y el espíritu permanecen invencibles y el vigor se restaura pronto, por más que esté amortiguada nuestra gloria y que nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. Pero, ¿y si el vencedor (forzoso me es ahora creerlo todopoderoso, pues a no serlo no habría conseguido avasallarnos), nos conserva todo nuestro espíritu y fortaleza para que mejor podamos sufrir y soportar las penas, para aplacar su vengativa cólera, o prestarle un servicio más rudo en el corazón del infierno, trabajando en medio del fuego, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos ha de servir entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza, ni se ha menoscabado la eternidad de nuestro ser para sufrir un castigo eterno?»

A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo: «Humillado Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer el bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la Suprema Voluntad a que resistimos. Si de nuestro mal procura su providencia sacar el bien debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez lo enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen. Pero mira irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encrespada ola que desde el principio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con su impetuosa furia, ha agotado quizá sus rayos, y no brama ya a través del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella árida llanura, abandonada y agreste cercada de desolación sin más luz que la que debe al pálido y medroso resplandor de estas lívidas llamas? Salvémonos allí del embate de estas olas de fuego; reposemos en ella, si le es dado ofrecernos algún reposo, y reuniendo nuestras afligidas huestes, vemos cómo será posible hostigar en adelante a nuestro enemigo, cómo reparar nuestra pérdida sobreponiéndonos a tan espantosa calamidad, y qué ayuda podemos hallar en la esperanza, si no nos sugiere algún intento la desesperación.»

Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza fuera de las olas y los ojos centelleantes. De desmesurada anchura y longitud, las demás partes de su cuerpo, tendido sobre el lago, ocupaba un espacio de muchas varas. Era su estatura tan enorme, como la de aquel que por su gigantesca corpulencia se designa en las fábulas con el nombre de Titán, hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, y cual la de Briareo o Tifón, cuya caverna se hallaba cerca de la antigua Tarso; tan grande como el Leviatán, monstruo marino a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que mandan en las corrientes del océano. Duerme tranquilo entre las espumosas olas de Noruega, y con frecuencia acaece, según dicen los marineros, que el piloto de alguna barca perdida lo torna por una isla, echa el ancla sobre su escamosa piel, amarra a su costado, mientras las tinieblas de la noche cubren el mar, retardando la ansiada aurora. No menos enorme y gigantesco yacía el gran Enemigo encadenado en el lago abrasador, y nunca hubiera podido levantar su cabeza, si por la voluntad y alta permisión del Regulador de los cielos, no hubiera quedado en libertad de llevar a cabo sus perversos designios, para que con sus repetidos crímenes atrajese sobre sí la condenación al fraguar el mal ajeno, y a fin de que en su impotente rabia viese que toda su malicia sólo había servido para que brillase más en el hombre a quien después sedujo, la infinita bondad, la gracia y la misericordia y en él resaltasen a la par su confusión, sus iras y su venganza.

Se enderezó de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo; rechaza con ambas manos las llamas que abren sus agudas puntas, y que rodando en forma de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y desplegando entonces las alas dirige a lo alto su vuelo y se mece sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a semejante peso, hasta que por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede llamarse la que está siempre ardiendo con fuego compacto, como el lago con fuego líquido. Tal es el aspecto que presentan, cuando por la violencia de un torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Perolo o de los costados del mugiente Etna, las combustibles e inflamadas entrañas que, preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el violento choque de los minerales y con el auxilio de los vientos, dejando un ardiente vacío envuelto en humo y corrompidos vapores. Semejante era la tierra en que puso Satán las plantas de sus pies malditos. Síguele Belcebú, su compañero y ambos se vanaglorian de haber escapado de la Estigia por su virtud de dioses, y por haber recobrado sus propias fuerzas, no por la condescendencia del Poder supremo.

«¿Es ésta la región, dijo entonces el preciso Arcángel, éste el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste? Séalo, pues el que ahora es soberano, sólo puede disponer y ordenar es lo que justo se contempla; lo más preferible es lo que más nos aparte de él; que aunque la razón nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia. ¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente! ¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni con el tiempo, ni en lugar alguno. El espíritu vive en sí mismo, y en sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo. ¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho más poderoso? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí, reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo.
” (John Milton, “El Paraíso Perdido”, primera parte).

Milton, a pesar de ser cristiano, de forma peculiar describe a la deidad del cristianismo como un tirano, cuando menos a ojos de un rebelde que lo es por...ansia de libertad.

Sin quererlo Milton, en esa parte de su obra, se vuelve luciferino: “más vale reinar aquí, que servir en el cielo”. 


Bibliografía

Lavey, Anton Szandor: La Biblia satánica, Editorial Martínez Roca, 2008.
 
Milton, J.: El Paraíso Perdido, colección "Letras Universales", Editorial Catedra.

Urbano Calle, Emilio: Adoradores del diablo: De la Biblia a las sectas satánicas, Editorial Oberon, 2003.

Iglesia de Satán http://www.churchofsatan.com/Pages/WelcomeSp.html


Jorge Romero Gil